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Estrategia Internacional N° 17
Otoño de 2001

ARGENTINA
Entre la emergencia obrera y la crisis de dominio burgués.
Cuatro paros generales en 15 meses
Manolo Romano

En Argentina surgió un nuevo gobierno, en esencia distinto al que asumió en diciembre de 1999 con la Alianza, sucediendo al decenio de Menem. La reciente incorporación de Domingo Cavallo, ex ministro menemista y funcionario de la dictadura militar, en el gabinete del presidente De la Rúa y los “poderes especiales” que le cedió el Congreso para dirigir la política económica por un año, lo transforman en el eje alrededor del cual gravita el poder ejecutivo de la burguesía.
Hasta aquí la presidencia De la Rúa se venía arrastrando en una profunda crisis como resultante de tres huelgas generales durante el año pasado, constantes recambios y renuncias en el gabinete – incluida nada menos que la del vicepresidente Álvarez -, en el marco de una paralización económica que lleva 35 meses y el fantasma de la cesación de pagos de una deuda pública que equipara al 50% del producto bruto nacional. Todos los elementos de esta crisis nacional –política, económica y de lucha de masas- se precipitaron en la tercera semana de marzo, abriendo una crisis de poder que las clases dominantes cerraron con la asunción de Cavallo. Fue el último episodio – pero para nada el definitivo – de una serie de acontecimientos vertiginosos que se vienen sucediendo en el país en los últimos 15 meses.
Digamos, para empezar, que un cambio abrupto en el gobierno, que no emerge de un resultado electoral del calendario burgués preestablecido es, a su manera, una confirmación más de que Argentina atraviesa una etapa de condiciones excepcionales, o pre-revolucionaria como la llamamos los marxistas, cuyos episodios no están planeados previamente, ni su desarrollo es evolutivo, aún para la propia clase dominante. Es un salto en calidad, dentro de esta etapa, que la burguesía eche mano a una carta - la delegación de poderes legislativos a un “hombre fuerte” del ejecutivo- que se emparenta con las “situaciones de excepción” contempladas en todas las constituciones de todas las repúblicas que, como denunciaba Lenin, aun las más democráticas tienen “una cláusula para asegurarse el dominio sobre sus esclavos cuando estos amenazan con dejar de serlo”.
¿Cómo se llegó a la crisis de marzo?

Los de arriba no pueden

La debilidad del gobierno De la Rúa tenía su sello de origen en el propio surgimiento de la Alianza entre la UCR y el Frepaso. Este acuerdo electoral engendrado en el año 97, fue una operación política que le sirvió al régimen como mecanismo de desvío frente a la contraofensiva de masas abierta en el ‘96 contra Menem y Cavallo. A pesar de haber triunfado en lograr un recambio pacífico del odiado gobierno de Menem, tenía una debilidad estratégica porque tan solo fue un emparche del bipartidismo de la UCR y el PJ renacido en el ‘83, a la caída de la dictadura y que está en crisis terminal.
A la hora de hacerse cargo del gobierno, donde se concentran en pocas manos las decisiones de los monopolios, la Alianza hizo crisis con su base social. La decadente camarilla de familiares, publicistas y servicios de inteligencia que rodea al presidente De la Rúa, creyó, una y otra vez - y una y otra vez se equivocó- que podía conservar la fuerza inicial a pesar de implementar medidas impopulares como el “impuestazo” a las clases medias, la reforma laboral, la rebaja salarial a los empleados públicos. En respuesta debió soportar tres paros generales en el 2000 que fueron minando sus fuerzas y ejercitando las del movimiento obrero. Y, al forzar la votación de la reforma laboral en el senado mediante sobornos, provocó la renuncia del vicepresidente Alvarez y una deslegitimación mayor del régimen político ante las masas. El Frepaso, componente esencial de la Alianza y sin el cual la vieja y desgastada UCR no hubiese llegado a la presidencia, se quebró y la amplia base social de clase media, estudiantes y asalariados estatales que le había aportado al gobierno, se separó de éste y comenzó su pasaje a la oposición a De la Rúa.
Estas recurrentes crisis en el régimen político, reflejaban no sólo un desgaste de las instituciones de la democracia burguesa argentina como contenedores del movimiento de masas, sino, en última instancia, una profunda división burguesa después de una década de inusual unidad entre los sectores del capital extranjero que afluyeron al país para quedarse con las empresas públicas, y un selecto grupo de empresas locales. Esta trenza, -“el establishment”-, comenzó a resquebrajarse al calor del inicio de la recesión, a finales del gobierno menemista. Surgió un nuevo reagrupamiento empresario llamado “Grupo Productivo”, que incluye desde grandes monopolios como Techint de la siderurgia, la Cámara de la Construcción y sectores de la burguesía agraria, hasta la Unión Industrial Argentina representante en gran medida de la burguesía “no-monopolista”. Estos sectores patronales comenzaron con cada vez más planteos al gobierno de la Alianza, reclamando subsidios, aranceles preferenciales, baja en las tasas de interés del crédito y, en sus sectores más extremos, la devaluación del peso, la salida de la “convertibilidad” (la paridad cambiaria entre el peso y el dólar que se estableciera por ley en el año 91). Estos reclamos iban, claro está, en detrimento de los bancos, en su mayoría extranjeros, y de las grandes multinacionales yanquis y europeas de las empresas privatizadas. Una profunda diferencia entre la actual etapa de la lucha de clases abierta en la Argentina y la que se produjera en los años 96 y 97 bajo el gobierno de Menem, es esta marcada brecha abierta en las alturas de las clases dominantes.
Pero la combinación explosiva de la situación argentina es que a estas contradicciones en las propias filas de la burguesía, se agregó la emergencia de la clase obrera que comenzó a ejercitar sus fuerzas. La situación política nacional se ajustó así a la clásica definición de Lenin para caracterizar períodos excepcionales en los que “los de arriba ya no pueden seguir gobernando como antes, y lo de abajo ya no quieren seguir viviendo como hasta entonces”.

2000: el año de la emergencia obrera

Lo que estuvo en el centro de la vida política nacional durante todo el 2000 fue la emergencia de la clase obrera. De conjunto esta persistente actividad de las masas trabajadoras combinó un renovado protagonismo de los sindicatos como ejes de la oposición al gobierno con sus paros generales y huelgas por sector, con la tendencia de sectores del movimiento obrero, en especial los desocupados, a sobrepasar los límites de la legalidad burguesa, protagonizando levantamientos, semi-insurrecciones locales, como las de Tratagal y Mosconi en la provincia de Salta, fronteriza con Bolivia. Las características de esta creciente actividad de los trabajadores llegó a niveles superiores de lo que se habían expresado entre el 96 y 97, bajo el gobierno de Menem.
No vamos a detenernos en la riqueza de todo la actividad desplegada por la clase trabajadora argentina, sino apenas señalar algunas las características centrales de su maduración1. En primer lugar su persistencia. A lo largo del año 20002, se producirán tres embates, antes que, como luego veremos, se precipite la reciente crisis de marzo de este año en la que cayó el ministro de economía López Murphy. A cada uno de ellos le sobrevino una tregua otorgada al gobierno por las centrales sindicales, con lo que el mérito a la persistencia de lucha de los trabajadores argentinos es mucho mayor.
El primer embate de conjunto contra el gobierno de De la Rúa comenzó entre los meses de marzo y abril, con movilizaciones al Congreso contra la votación de la reforma laboral, y llegó hasta la primer paro nacional contra esa ley antiobrera el 5 de mayo. En ese transcurso de tres meses se modificó el mapa del movimiento obrero. Por un lado se fracturó la CGT, surgiendo un ala disidente, o rebelde, basada fundamentalmente en los gremios del transporte pero también en las automotrices, una de las ramas de mayor concentración obrera industrial en la Argentina. Este realineamiento en las organizaciones gremiales tendrá grandes consecuencias en las posteriores huelgas nacionales, ya que la paralización del transporte se convertirá en una de las armas centrales del nuevo movimiento obrero garantizando la masividad y contundencia de las medidas. En segundo lugar, en ese mismo período se produce, en el mes de mayo, el levantamiento local de los desocupados salteños en Tartagal y Mosconi, que preanunciaron lo que tendrá un fuerte desarrollo desde entonces: los cortes de ruta y el movimiento militante de los desocupados, los piqueteros.
El segundo embate incluye paros parciales de los trabajadores estatales a quienes les son recortados en un 10% los sueldos, y que desemboca en la segunda y contundente huelga nacional, el 9 de junio. En este período, además, se desarrollan una serie de huelgas por empresa o gremios regionales que -a pesar de darse durante una segunda tregua sindical - significan un salto en calidad de luchas en el transporte, el azúcar, el pescado, los ceramistas, lo que da lugar a métodos más radicalizados, surgimiento de nuevos dirigentes y tendencias a superar a la burocracia sindical en esos combates parciales.
Una nueva tregua de las centrales sindicales deja sin respuesta a la clase obrera ante la grave crisis de gobierno desatada por el escándalo de los sobornos en el Senado- lo que fue una capitulación escandalosa ya que implicaba en forma directa a los trabajadores porque se trataba nada menos que de la votación de la reforma laboral- y que llevó a la renuncia del vicepresidente Alvarez. No obstante, resurge el movimiento de desocupados que inaugura el tercer embate que llevará a la huelga general de 36 horas, la más importante de todas, en las jornadas del 23 y 24 de noviembre. Desde los primeros días de noviembre en La Matanza, un distrito del Gran Buenos Aires con más de dos millones de habitantes, miles de desocupados cortan la ruta y exigen planes de empleo. A ese movimiento le siguen cortes de rutas a lo largo del todo el cordón sur: Florencio Varela, Quilmes, Berazategui. Los cortes de ruta se acercan a las puertas de la Capital. Al mismo tiempo, en Tartagal se da el segundo levantamiento de desocupados junto a despedidos de una empresa de transporte que, con un pliego unificado de reclamos, ocupan las rutas en Salta. Uno de ellos, Aníbal Verón muere baleado por la policía. El hecho se convierte, en una pequeña comunidad del noroeste del país, en la más radical movilización de masas en lo que va de régimen de democracia burguesa en el país: se hace retroceder a la gendarmería y a la policía provincial, se ocupan las comisarías, y se toman de rehenes a los policías a los que se le requisan las armas. Un nuevo mártir obrero se convierte en bandera del tercer paro general que las dos CGTs y la CTA no pueden dejar de convocar.
Esta huelga de 36 horas por haber sido acompañada con la generalización de piquetes de huelga, significó un salto en comparación con las últimas décadas de la lucha de clases en Argentina. Tanto fue así que la misma burguesía, por primera vez en mucho tiempo, mostró grave preocupación: “la demostración callejera no fue cegetista, sino setentista”3 decían editoriales de la prensa patronal, que contabilizaban entre 150 y 200 mil a los “piqueteros”, que habían transformado la convocatoria de las centrales sindicales en una verdadera huelga activa en la que fueron al paro 6.500.000 trabajadores de todas las ramas. En la edición de La Verdad Obrera de esos días dijimos: “No fue un paro más (...) los piquetes de huelga y los cortes de ruta se extendieron a todo el país, a los cortes de vías ferroviarias, a los accesos de las principales ciudades, (...) una pequeña muestra de lo que significa la combinación de los métodos de lucha de los viejos sindicatos junto a lo que aportaron de nuevo los heroicos levantamientos de los desocupados: en suma, la huelga y el control territorial por parte de la clase obrera y el pueblo. (...) Este paro ayuda a bosquejar el mapa de ruta de la huelga general y el gran levantamiento nacional que necesitamos para derrotar al gobierno de De la Rúa y al plan del FMI apoyado por el PJ..”4
Después de ver esta maduración de las últimas experiencias del nuevo movimiento obrero en la Argentina, que aquí recorrimos someramente, resulta difícil creer que, según lo cuenta la propia prensa argentina, cuando el gobierno se aprestaba a lanzar el shock de ajuste de marzo y ante las advertencias de miembros del propio gabinete de la reacción que esto podía provocar, el núcleo cercano a De la Rúa que alentaba a López Murphy respondiera que “solo habrá resistencias aisladas en algunas provincias que luego se disiparán”5.

La crisis de marzo

La administración aliancista llegó al fondo de su caída al dilapidar, en muy poco tiempo, el colosal apoyo político imperialista que significó la promesa de un “blindaje” de 40 mil millones que, a modo de rescate, comprometió el FMI a finales del año. Pasado el verano, el país volvió a estar al borde de la cesación de pagos, lo que derivó en la renuncia del ministro de economía Machinea.
Los sectores de las altas finanzas y la camarilla delarruísta promovieron en su reemplazo a Ricardo López Murphy, que contaba, según ellos, con la doble ventaja de ser un economista del “ortodoxo” grupo FIEL, fiel a la banca acreedora y, al mismo tiempo, militante de la oficialista UCR. Utilizando el peligro de la cesación de pagos como chantaje hacia las masas, intentó imponer un plan de ajuste fiscal que recortaba alrededor de 2200 millones en los gastos del estado, atacando, todo a la vez, al presupuesto para la educación, al empleo público mediante una brutal reforma estatal y a las economías regionales. Un “plan de guerra”, como lo llamamos, pero planeado por un pésimo general que abría múltiples frentes al mismo tiempo. Como resultado concitó el repudio de un amplio frente que iba de la UIA hasta el proletariado, pasando por los estudiantes y la mayoría de las capas medias. Una imagen de esos días graficó, no solo lo inviable de esa intentona, sino la debilidad de la clase dominante puesta de manifiesto ante todas las clases explotadas. En un acto en la Bolsa de Comercio, poco más de 300 representantes de lo más concentrado del establishment burgués ovacionaron y aplaudieron al ministro durante quince minutos. En contraposición, apenas anunciado el shock de ajuste, se vivió en el país un estado de insubordinación general.
El estudiantado comenzó con ocupaciones de las grandes facultades donde lo más notable, más que su masividad, fue que los centros de estudiantes dirigidos por Franja Morada - la corriente estudiantil del partido oficial- se vieron obligados a encabezar algunas acciones, planteando en los hechos una dinámica de ruptura con su gobierno. En los trabajadores estatales que habían sufrido hace meses la derrota parcial de la rebaja salarial, había un renovado ánimo y disposición de lucha. Los docentes fueron a la huelga por 48 horas en todo el país. Los movimientos de los desocupados marcharon desde distintos puntos del Gran Buenos Aires al centro de la Capital el 20 de marzo, y al día siguiente se expresó la clase obrera de conjunto en un contundente paro nacional, el cuarto desde la asunción de De la Rúa, que la conducción de la CGT disidente y la CTA tuvieron que improvisar.
Para entonces la crisis ya había volteado a López Murphy no sólo por el embate del movimiento de masas sino porque éste se dio en medio del agudizamiento de las contradicciones en las propias clases dirigentes. Al anuncio del plan López Murphy, le siguieron las inmediatas renuncias del ministro de interior Storani de la UCR y de los funcionarios del Frepaso que ocupaban cargos en el gobierno nacional. Los gobernadores del PJ, que le habían facilitado a De la Rúa la obtención del “blindaje” mediante la firma del “Pacto Fiscal” a fines del año pasado, se pronunciaron esta vez contra el plan que apuntaba a recortar aún más las partidas presupuestarias a los estados provinciales. Mientras De la Rúa llamaba a “un gobierno de unidad nacional”, sectores amplios de la patronal industrial agrupados en la UIA se declaraban “contra el modelo”. Alfonsín, el líder del partido radical, se mantenía alejado del país y su partido, la UCR, hacía malabarismos para no dejar completamente solo a De la Rúa. La designación de Cavallo se dio entre gallos y medianoche, incluso horas después que el presidente había ratificado a López Murphy como su ministro en la reunión anual del BID en Chile, frente a cientos de banqueros y representantes de los gobiernos latinoamericanos. Ese mismo día, en las Bolsas del mundo se hablaba del “efecto Argentina” y del riesgo de la cesación de pagos de la deuda externa.

Lo que sucedió en la Argentina fue una crisis en las alturas del poder, ya que el gobierno había quedado virtualmente en el aire, desconcertado - y hasta brotaban versiones de la renuncia del propio presidente -, cuando estaba convocado el paro general del 21de marzo. Días más tarde, el periodista Mariano Grondona en uno de los principales programas políticos de la TV argentina le preguntaba al ex-presidente Menem: “¿Y ahora ve más tranquila la situación?” ; y este respondió aliviado: “Si, está todo más tranquilo. Las huelgas, las ocupaciones de facultades habían puesto las cosas muy difíciles”. En fin, lo que precipitó la caída de López Murphy y la derrota de su plan de ajuste, y la subida de Cavallo como eje del nuevo gobierno, fue que el país atravesó una crisis de poder burgués, objetivamente revolucionaria.

En las últimas décadas sólo se vivieron dos crisis comparables a esta. En el 82, cuando, luego de la capitulación de la dictadura militar ante Inglaterra en la guerra de Malvinas, caía la junta de comandantes en medios de fuertes protestas, y el poder pasó al gobierno transicional del general Bignone apoyado en la Multipartidaria, proceso que llevaría a las elecciones del 83. La segunda gran crisis la protagonizó en el 89 el beneficiario de aquellas elecciones y actual jefe de la UCR, Raúl Alfonsín que, jaqueado por las revueltas populares contra la hiperinflación y después de haber apelado al “estado de sitio” y la represión, debió adelantar la entrega del poder a Menem.
En ninguna de las dos anteriores, sin embargo, la clase obrera estuvo, como esta vez, tan en el centro de la misma con un paro general como el del 21de marzo que terminó de enterrar el plan Murphy. Por ello, algunos analistas se animaron a compararla con la crisis de poder anterior al golpe militar del 76: las jornadas de junio y julio de 1975 que culminaron en la huelga general que tiró al ministro de economía de Isabel Perón, Celestino Rodrigo y su shock de aumento de precios, que quedó en la historia como el Rodrigazo. Sin llegar de ninguna manera hasta allí, donde el despliegue de fuerzas del proletariado industrial argentino llegó a uno de sus puntos más altos y se extendieron embriones de organismos de doble poder como las Coordinadoras del Gran Buenos Aires, el que algunos analistas se hayan permitido tal comparación habla a las claras de que estamos asistiendo, todavía sin la radicalidad de entonces, a una clara recuperación del movimiento obrero luego de las consecuencias históricas del golpe genocida que instauró la dictadura de Videla6. Además, el proceso de luchas en Argentina es, comparado con el resto de Latinoamérica donde predomina la emergencia campesina, mucho más proletario y urbano7.
Luego de la crisis de marzo, amplios sectores de la clase obrera, los estudiantes y el pueblo pobre que enfrentaron a López Murphy consideran un triunfo la caída de su plan. Y en cierta medida lo fue, aunque producto de la inexistencia de un contrapoder obrero y popular y de tener al frente direcciones burocráticas y reformistas, es decir por crisis de dirección revolucionaria, no hayan podido dar su salida a la crisis de poder burgués y, por lo tanto, el resultado de la crisis devino en reaccionario.
La dirección oficial del movimiento obrero y estudiantil, las burocracias de la CGT disidente de Hugo Moyano, de la CTA de Víctor de Gennaro y la FUA controlada por la UCR, permitieron que se desmontara la situación. Sus programas estaban limitados al retiro del plan de ajuste de López Murphy, lo que facilitó que fuera reemplazado por Cavallo con la promesa de “otro” plan. Los que impulsaron a López Murphy y su shock de ajuste, los sectores financieros en estado puro, se vieron obligados a retroceder porque la crisis podía haber terminado en la caída de De la Rúa - al estilo de Bucaram en el Ecuador - producto de una huelga general y un estado pre-insurreccional de amplios sectores de las masas en medio de una profunda crisis y abierta división de los de arriba.

Cavallo-De la Rúa: un gobierno pre-bonapartista

El carácter “de emergencia” de la conformación del nuevo gobierno que surge de la crisis de marzo y que relativamente prescindirá del parlamento por un año, configura algo nuevo en los 17 años del régimen de dominio argentino donde ha primado la democracia burguesa, aún durante la presidencia de Menem que utilizaba permanentemente el mecanismo del “decreto de necesidad y urgencia”. ¿Qué significa un gobierno de este tipo? Una de las definiciones que podemos encontrar en Trotsky señala que se establecen las condiciones para un gobierno de este tipo: “Cuando la lucha entre dos campos sociales - los poseedores y los proletarios, los explotadores y los explotados - alcanza la más alta tensión (...) El gobierno se hace “independiente” de la sociedad. Recordemos una vez más lo siguiente: si se colocan simétricamente dos tenedores en un corcho, este podrá mantenerse incluso sobre una cabeza de alfiler. Este es precisamente el esquema del bonapartismo”.8
Dentro de este esquema general los gobiernos semicoloniales son de un tipo especial de bonapartismo - “sui generis” los llamó Trotsky - porque la burguesía nacional es relativamente débil con respecto a las dos fuerzas centrales que tienden a polarizar la situación en las semicolonias: el capital extranjero imperialista y el proletariado. Estos son los “dos tenedores en un corcho”, entre los que se mantiene el gobierno de Cavallo-De la Rúa. No porque sea independiente del capital imperialista - todo lo contrario - sino porque se ve obligado a intentar mantener un equilibrio altamente inestable entre esas dos fuerzas. Para poder cumplir esta función, debe ubicarse como árbitro entre las fracciones de la propia burguesía, haciendo concesiones a la burguesía “no-monopolista” bajo la forma de medidas “reactivadoras”, y buscar el apoyo de los sectores más amplios posibles de las clases medias. Pero que las fuerzas fundamentales que polarizan la situación son el imperialismo y el proletariado, se expresa en que el programa de Cavallo es presentado para “satisfacer a los mercados” y, a su vez, “reactivar”, “crear empleo” y “responder al problema de la pobreza”.
Algunas corrientes de la izquierda en la Argentina, como el maoísta PCR, definen la asunción de Cavallo como un “golpe fujimorista”. Aunque es claro que asume ciertos rasgos de ese tipo, este gobierno es completamente distinto por su génesis. A pesar de cierto parecido formal con el golpe de mano de Fujimori en Perú en el ‘92 que asumió los poderes del parlamento burgués, aquel fue un producto del desgaste de las fuerzas de la clase obrera, de una polarización a derecha de las clases medias contra la guerrilla de Sendero Luminoso, de una represión que produjo miles de muertos y encarcelados, y de las condiciones internacionales de la ofensiva neoliberal en apogeo, que disciplinaba a las burguesías nacionales con el “Consenso de Washington”. Es decir, era, como el de Menem aunque bajo distintas formas, el producto de una derrota de las masas y de una excepcional unidad burguesa que duró casi una década.
Sostenemos con Trotsky que “El régimen bonapartista no puede adquirir un carácter relativamente estable y durable más que en el caso en que se cierre una época revolucionaria: cuando las relaciones han sido ya experimentadas en la lucha; cuando las clases revolucionarias se han desgastado ya, pero las clases poseedoras no han perdido todavía el miedo de que el mañana no traiga consigo nuevas sacudidas. Sin esta condición fundamental, es decir sin el agotamiento preliminar de la energía de las masas en la lucha, el régimen bonapartista no puede desarrollarse” 9.
Fujimori además, no es poca cosa, se apoyó institucionalmente en las FF.AA que aportaron su otro hombre fuerte al régimen, Montesinos, y clausuró el parlamento durante un primer período. Por el contrario, en Argentina, donde las fuerzas armadas no salen de su crisis histórica abierta desde la caída de la dictadura por el repudio de masas al genocidio y la derrota militar frente al imperialismo inglés en Islas Malvinas, los postulantes a Bonaparte deben buscar cierta legitimidad en las formas de la democracia burguesa. Tan es así que, desde comienzos del año pasado, el ahora renombrado ministro Cavallo ya se venía postulando para una crisis utilizando las propias armas de la democracia parlamentaria, presentándose en las elecciones a jefe de gobierno de la Capital Federal en mayo del 2000, y obteniendo un alto porcentaje de votos en las clases medias acomodadas, lo que preanunció el surgimiento de una “derecha dura” dispuesta a socorrer al régimen. Aún hoy, los “poderes especiales” de Cavallo están restringidos, por ahora, a la política económica, ya que fueron limitados por el propio Congreso, y estos superpoderes no fueron el resultado de un golpe con apoyo en las fuerzas armadas, sino que han salido de las entrañas del propio régimen del Pacto de Olivos y su constitución reformada en 1994, tal como defendió en los debates parlamentarios el senador del PJ, Eduardo Menem, al famoso “artículo 76”. Es decir, el gobierno de tipo bonapartista surgido se sigue apoyando en las viejas instituciones en crisis de la democracia burguesa y es, no su negación parcial como ocurre con los regímenes provenientes de golpes militares, sino una consecuencia de la degradación del propio régimen de dominio que existe en la Argentina desde hace más de 17 años.
Estas distinciones sirven para señalar dispares relaciones de fuerzas entre las clases. Con el mismo criterio metodológico, en la Alemania de los ‘30, Trotsky se preocupó en distinguir minuciosamente dentro de la sucesión de gobiernos bonapartistas que antecedieron al ascenso de Hitler, los distintos rasgos de cada uno de ellos en contraposición a las simplificaciones antimarxistas del stalinismo, que sostenía que eran todos “golpes de estado fascistas” por igual. Así, al gobierno de Bruning que “gracias a la socialdemocracia disponía del apoyo del Parlamento para gobernar por medio de decretos-leyes” lo caracterizó distinto al surgido tras el golpe de estado de Papen que lo derrocó, el 20 de julio de 1932. Si bien el primer gobierno “tenía un carácter clerical-burocrático-policial”, Trotsky precisaba que los militares de “La Reichwehr quedaban todavía en reserva”, mientras que con el golpe de Papen “los generales pasaban a primera fila”. A este último gobierno lo llamó bonapartista y al anterior lo caracterizó como “pre-bonapartista”. Salvando las distancias con aquella situación donde las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución chocaban violentamente, lo que no es todavía el caso argentino, utilizamos el mismo criterio metodológico para definir al gobierno Cavallo-De la Rúa como pre-bonapartista, inestable o no asentado.

Final abierto

Como resultado de la crisis de marzo se vive una coyuntura que parece ser la contracara de la anterior. La extrema debilidad gubernamental fue sorteada, en gran medida, con la incorporación de Cavallo al gabinete y la delegación de poderes especiales cedida por el parlamento. Pero no sólo eso: si Cavallo intentara aplicar, en lo inmediato, el mismo plan anterior, duraría menos que López Murphy. La pérfida combinación política que le está dando renovada base social al régimen es que, al mismo tiempo que con Cavallo el ejecutivo asume facultades extraordinarias para concentrar mayores ataques, adormece a las masas con un discurso demagógico - y algunas tibias medidas10- “productivistas”, distinto del fiscalismo a ultranza que impulsaron hasta ayer los banqueros y el FMI. Las divisiones burguesas que se venían expresando cada vez más abiertamente, fueron conjuradas por el régimen poniendo a un “hombre fuerte”, un árbitro por encima de ellas11. La clase dominante ha encontrado, al menos momentáneamente, un conductor. Políticos burgueses de todas las facciones antes enfrentadas hablan ahora de “unidad nacional” y el noventa por ciento del periodismo le hace de servil comparsa.
Se abrieron expectativas en sectores de las masas, no sólo en las altas clases medias que ya eran simpatizantes de Cavallo, sino en capas medias y aún en trabajadores que semanas anteriores habían repudiado y rechazado activamente el plan López Murphy. En esto contribuyó enormemente la dirección oficial del movimiento obrero. Días antes de su realización, la CGT disidente de Hugo Moyano retrocedió del paro de 36 horas que había sido convocado ante la reunión de ministros del ALCA que se realizó en Buenos Aires, abriéndolo una nueva tregua y llamando a depositar “una cuota de esperanza” en Cavallo.

De todas maneras, más allá de los discursos, la burguesía no encuentra salida clara de una recesión económica muy profunda. El diario Ambito Financiero señala que: “Frente a este panorama gris se encuentran «las medidas de Cavallo» (ya nadie habla de un «plan» del actual ministro de Economía porque se acepta que no es tal sino un conjunto de disposiciones bien pensadas, pero sólo para superar la emergencia financiera que soportaba el país). Las «medidas» se muestran acordes con alejar al país del abismo financiero, pero dejándolo adormecido todavía a 3 metros del borde. Además, salvar los huecos del Estado sacrificando más al sector privado no puede ser por sí reactivante nunca”.12
La actual situación no puede ser más que transitoria, indefinida, ya que la asunción de Cavallo sólo puede ser preparatoria de próximas embestidas contra las conquistas del movimiento obrero y de masas. “Mejorar un 20% la rentabilidad” , como les promete el superministro a los empresarios, sólo puede lograrse arrancando una nueva tajada de plusvalía a los trabajadores: ya sea por vía directa con una suma de derrotas que permitan bajar más los salarios (imponiendo, por ejemplo, convenios más esclavistas13) y disciplinar al movimiento de desocupados; o por vía indirecta, mediante una devaluación. Es decir, las únicas dos alternativas “estratégicas” a las que puede echar mano la burguesía ante el agotamiento de régimen de la convertibilidad.
En lo inmediato, apuestan a una relativa estabilización política hasta las elecciones legislativas de octubre, para relegitimarse mediante el voto. Intentarán, luego de ganar fuerzas, encarar los planes más duros contra las masas. Pero este plan puede fracasar como consecuencia de la situación crítica de la economía internacional, que se viene expresando en la caída de las bolsas del mundo producto de los indicadores recesivos en EEUU y las mayores tensiones en política mundial como lo mostró, en particular, el incidente entre el gobierno norteamericano y China. Si estos elementos empeoran, los bancos y capitales especulativos pueden huir en masa de Argentina, pues más allá de la confianza que tienen en Cavallo, la situación nacional inspira desconfianza entre los “inversionistas” por el altísimo endeudamiento nacional que pende como una espada de Damócles sobre el país. Esto podría acelerar una devaluación, no concertada sino impuesta por una fuga de capitales, perspectiva que sigue planteada en el horizonte. Por supuesto esto abriría una crisis descomunal, no sólo para la burguesía sino también extremadamente peligrosa para las masas. Los llamados “golpes de mercado” de este tipo pueden significar un shock que paralice a la clase obrera, aunque, como vimos, el movimiento obrero argentino tiene la ventaja de venir haciendo un duro y tenaz entrenamiento de lucha con alta desocupación y recesión. Sin duda, además, la situación de la lucha de clases internacional, en particular latinoamericana, influirá en este desarrollo, sobre todo si comienza un nuevo período de ascenso, como parece estar anunciando las acciones de fabriles y campesinos en Bolivia, en Paraguay, o las luchas de petroleros y docentes en Venezuela.
El pronóstico es alternativo, la situación transitoria tenderá a definirse: o hacia una situación pre-revolucionaria abierta o directamente revolucionaria, o hacia una derrota o una suma de derrotas parciales que lleven a un gobierno claramente bonapartista. La perspectiva es, de todos modos, de choques más violentos entre la revolución y la contrarrevolución, que todavía no han sucedido.

Los sindicatos, los movimientos de desocupados y una nueva centroizquierda

El polo bonapartista alrededor de Cavallo y el giro derechista del gobierno tendrá, como contrapartida, dos efectos: de un lado agravará la crisis de la base obrera y popular con el peronismo, mientras que, además, empujará a la izquierda a sectores de las clases medias.
Cambios importantes se están operando en las clases medias, el movimiento estudiantil y los trabajadores estatales, es decir, en general en sectores de masas que eran base social de la UCR y el Frepaso14. Algunas encuestas mostraron que, actualmente, las dos figuras políticas nacionales con mayor ascendente en las masas son Cavallo y la diputada radical disidente Elisa Carrió que, durante fuertes debates parlamentarios, llegó a amenazar con iniciar acciones penales por “infames traidores a la patria” a los diputados que votaron los superpoderes. Esto es un índice de mayor polarización de las capas medias, que son las que más se expresan en las encuestas, y como no puede ser de otra manera cuando entran en cortocircuito los mecanismos del régimen democrático burgués donde las clases medias imponen normalmente la fuerza de su número. Aunque esta “democracia delegativa” se apoya cada vez más en estratos más elitizados, en una clase media alta formada en la década de penetración de capital imperialista (en gran parte ese es el núcleo duro de la base cavallista), amplios sectores de masas odian a Cavallo y rompieron definitivamente con la Alianza, tanto en la clase media “ilustrada” y “progresista” que incluye capas del estudiantado, como sectores medios arruinados por la crisis en el comercio y en los pequeños productores del campo. Estos sectores junto a los trabajadores estatales y la vanguardia obrera y del movimiento de desocupados constituyen la base de la oposición al nuevo gobierno.
De allí que se esté armando, en el otro polo del régimen, un amplio frente de una nueva centroizquierda15, a costa de la crisis del PJ, del Frepaso y la UCR, para intentar contener dentro de una política reformista a los sectores de masas y de vanguardia de los trabajadores y el movimiento estudiantil que se inclinen hacia la izquierda y a una política de independencia de clase.
Esta nueva centroizquierda necesita del concurso de los sindicatos y - como ya se indica desde medios de prensa opositores – de “alianzas con los líderes de la protesta social” 16, que vienen siendo los grandes protagonistas, junto a los movimientos de desocupados, de la oposición al gobierno. De lo contrario no serán creíble en las masas y sectores de vanguardia que tenderán una y otra vez a la acción directa, y no podrán ser contenciones reales para sectores que vayan a la izquierda, por fuera del régimen. Sin la ayuda de las burocracias sindicales serán mediaciones menores, circunscriptas al terreno electoral y parlamentario, el cual estará en lo inmediato muy acotado por la inutilidad cada vez más manifiesta del Congreso que delegó buena parte de sus atribuciones. Toda tendencia al bonapartismo en el régimen limita a los parlamentaristas en sus ámbitos naturales y los obliga, por necesidad, a buscar la colaboración la burocracia de los sindicatos17. Asimismo, aunque por ahora el gobierno llame al “diálogo social” a Moyano y De Gennaro, la burocracia sindical desconfía de Cavallo porque prevén que, tarde o temprano, la atacará.
Esta necesidad mutua entre burócratas sindicales y diputados disidentes de los grandes partidos tradicionales, proviene del miedo común a la perspectiva de radicalización obrera y popular, de un lado, y de ataques bonapartistas, del otro, y son la base material de lo que llamamos “frente popular”, es decir, los acuerdos políticos y alianzas de conciliación de clases entre organizaciones obreras y partidos que actúen, al decir de Trotsky, como “la sombra de la burguesía”. La colaboración de clases directa en nuevas alianzas de este tipo, se acelerará en tanto más se desarrolle la situación hacia la izquierda18.

La política marxista revolucionaria en Argentina

La etapa abierta en la Argentina, significa que la política marxista deber tener como norte la caída revolucionaria del gobierno y el régimen, y la lucha por el poder obrero, el gobierno de los trabajadores y el pueblo. La llegada de un gobierno pre-bonapartista significa que hay que redoblar la propaganda amplia por la preparación de la huelga general que lo derribe.
El PTS viene agitando y propagandizando esta perspectiva estratégica. Siendo una liga de propaganda marxista revolucionaria, publicó desde comienzos del 2000 La Verdad Obrera, un periódico de distribución masiva en las principales empresas y lugares de trabajo, en una tirada de 20 mil ejemplares, en el que participan decenas de corresponsales de todo el país, y en cuyas páginas se expresaron cientos de voceros y protagonistas de las más importantes luchas y procesos de organización de los trabajadores. Con esa herramienta de difusión masiva de publicidad obrera y revolucionaria, intervinimos en los paros generales, los movimientos de los desocupados y los procesos que se operaron en la clase trabajadora, y batallamos en el movimiento estudiantil para que las tendencias más progresivas se unan a los paros generales y los levantamientos de desocupados19.
En la reciente crisis de marzo planteamos la consigna de “Echarlos con la huelga general y los piquetes”, ligada a la de “imponer un plan obrero de emergencia obrero y popular”. Al igual que durante todo el período pre-revolucionario, planteamos la necesidad de organismos de frente único de masas que den centralidad nacional a la fuerza social que viene expresando la clase obrera. Así, en distintos momentos, mocionamos el llamado a un Congreso de delegados de base de todo el movimiento obrero, y luego de la emergencia del fenómeno de vanguardia de los piquetes, una Coordinadora Nacional de piqueteros y delegados de organizaciones obreras en lucha, tomando como referencia la tradición nacional de las coordinadoras del 75.
Esta estrategia encuentra dos grandes obstáculos, íntimamente relacionados, que a su vez señalan los dos ejes políticos transicionales para la construcción de un gran partido de trabajadores revolucionario que se necesita en la Argentina. En primer lugar, la lucha por la independencia de clase de movimiento obrero argentino, que ha mostrado en el surgimiento del movimiento militante de los desocupados y en el renacer de los sindicatos que encabezaron los paros nacionales, su enorme fuerza vital, pero sigue entrampado bajo las direcciones políticas de la burguesía. En segundo lugar, la lucha por la superación del régimen político democrático burgués que, aún degradado y deslegitimado con un gobierno de poderes especiales, mantiene en amplias masas la ilusión del sufragio universal como herramienta de cambio. Ambas cuestiones están en estrecha conexión con el combate a las direcciones burguesas y reformistas del movimiento obrero y popular que impiden una estrategia obrera independiente y son los sostenedores, en última instancia, de este régimen.

La enorme fuerza de la clase obrera que se expresó en los paros generales, la de los 6 millones y medio de asalariados que paralizaron el país en la huelga de 36 horas del año pasado, la fuerza de los ejemplares movimientos militantes de los desocupados que destacaron los mejores elementos de heroísmo, la clase que con sus familias es la mayor fuerza social del país, es permanentemente desviada, frenada, postrada, puesta una y otra vez de rodillas ante los engaños de una burguesía parásita y un régimen decadente. Esto es lo que impide que esa fabulosa fuerza social puesta en movimiento incline la balanza política nacional y se dirija a cambiar al país de sus cimientos. Por el contrario, las clases dominantes devuelven los golpes con salidas cada vez más reaccionarias. El colmo de esto es la reincorporación de Cavallo al gobierno, quien fuera echado por un paro general en el año 96 cuando, como ministro de economía de Menem, quiso imponer la liquidación de las asignaciones familiares, un recorte de salarios, y ahora es impuesto por la Alianza en la que la mayoría popular había depositado sus expectativas mediante el voto, y por el PJ a quien las masas habían hecho sentir su repudio después de una década de gobierno. La CGT disidente - para no hablar del ala de la burocracia completamente ligada a los gobiernos de turno- mantiene, aunque con juego propio, su atadura al PJ, y la dirección de la CTA que viene de llamar en las últimas elecciones a votar por De la Rúa, ahora se inclina a la colaboración de clases con nuevos frentes de centroizquierda burguesa. La exigencia de ruptura de los grandes sindicatos y movimientos de desocupados con los partidos y la política de las distintas fracciones de patronal, y el llamado a que levanten un programa y una política obrera independiente, es una de las grandes tareas transicionales de la política revolucionaria en Argentina.
La burocracia sindical, atada por mil lazos a la política comiteril de la burguesía, a las amistades con los funcionarios de los ministerios, a las prebendas que provienen del Estado burgués, se opondrá firmemente a esta salida, sosteniendo, cínicamente, que “los sindicatos no deben hacer política”. Ante ello, algunos sindicatos y movimientos de desocupados que ya han conquistado desprenderse de la tutela de esta burocracia, las comisiones internas y cuerpos de delegados de empresas que surgen ligadas a la base obrera y como recambio a las viejas direcciones anquilosadas, todos los luchadores que buscan abrirse paso en un camino independiente, pueden y deben agruparse por una verdadera política clasista y encarar la enorme tarea que significa que los trabajadores construyan su propio partido, un movimiento político que luche por su programa ante la crisis y por su propio gobierno. Cada sindicato regional y cada organización de desocupados que llame a luchar por esta perspectiva política de clase, impactará sobre el conjunto del movimiento obrero y será recibida con simpatía en la base de las centrales sindicales de masas. Esto permitiría crear alas en todos los grandes sindicatos de la industria y el transporte, y que los mejores activistas de los mismos mientras impulsan nuevas organizaciones y se promueven a puestos dirigentes desplazando a la vieja burocracia, a la vez, construyan agrupaciones que luchen para que las centrales y sindicatos levanten esta política independiente.
El PTS de Argentina, discutirá en su próximo Congreso, lanzar una campaña nacional por esta política en todo el movimiento obrero. Los partidos que se reclaman de la izquierda obrera, revolucionaria y socialista son, en el país, pequeños grupos comparado a las fuerzas que se han puesto en movimiento, con las nuevas organizaciones de los miles de desocupados que expresan tendencias militantes, con el extendido activismo obrero de base que busca independizarse de la burocracia de los sindicatos y requiere una salida política. En este sentido, el PTS viene insistiendo en su llamado al Partido Obrero y a otros grupos, para la conformación de un Bloque de la Izquierda Obrera y socialista, que unifique las fuerzas de los que nos reclamamos revolucionarios para intervenir en la actual situación, con un programa y una política que apunte a que los trabajadores pongan en pie su propio movimiento político o partido, y luchen por su propio gobierno.

En segundo lugar, es innegable la importancia de las demandas democráticas frente a la bonapartización del gobierno. Claro está que cobran importancia, ante el carácter estructural de la crisis del capitalismo semicolonial argentino, las que tienen que ver con el sometimiento de la nación al capital extranjero, como el no pago de la deuda externa al FMI, la ruptura de los pactos con el imperialismo, la nacionalización de la banca para evitar fugas de capitales y otorgar créditos baratos para pequeños chacareros y comerciantes, todas ellas indispensables. Pero además, hace falta denunciar sistemáticamente el carácter ilegítimo del gobierno Cavallo-De la Rúa, luchar contra los superpoderes cedidos por todos los partidos que significan un avasallamiento más hasta del mínimo derecho democrático formal del sufragio universal, denunciar los aprestos represivos, los pactos y negociaciones a espaldas del pueblo. Todas estas cuestiones son para la clase obrera y sus luchadores más conscientes, en primer lugar, un problema de autodefensa; y, en una estrategia revolucionaria, la forma de tender lazos a la unidad con los estudiantes y las capas medias, imprescindible para enfrentar los duros ataques que se preparan a los convenios colectivos de trabajo, o la “reforma del estado” que implicará pérdidas de conquistas y empleos.
Sin duda este régimen deslegitimado ante millones, empujará a cada vez más amplias capas a la acción directa que superen los marcos de la legalidad burguesa, como vino sucediendo el último año en la Argentina. Tanto mejor si se desarrollan organismos de democracia directa de las masas en lucha, como se vio tendencialmente con los piquetes, y que los revolucionarios alentaremos a cada paso. Pero los revolucionarios no podemos decretar la superación de la democracia burguesa: se necesita acelerar la experiencia de las amplias masas con ella para acercarlas a la lucha revolucionaria por su propio gobierno de los trabajadores.
De allí la importancia de la demanda de una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, para que la vanguardia obrera demuestre que es la única que puede darle a las amplias masas explotadas y oprimidas de la nación la posibilidad de discutir y resolver en una democracia generosa sus grandes y más acuciantes problemas: el desempleo, los créditos usurarios de los bancos, las tarifas públicas que esquilman a millones en beneficios de unos pocos monopolios extranjeros, la fabulosa succión de recursos que significa la deuda externa. Ningún trabajador o estudiante puede creer que los partidos del régimen y del gobierno ilegítimo de Cavallo y De la Rúa, que nadie votó y responde a la dictadura de los banqueros y grandes empresarios, pueda dar semejante salida democrática. Ningún trabajador o estudiante puede pensar que el Congreso y los partidos del pacto de Olivos que otorgaron los superpoderes a un solo hombre y viene aplicando, una tras otra, leyes antipopulares y fraudulentas puede fallar a favor de una democracia amplia para la mayoría.
La clase obrera, que ha comenzado a mostrar su fuerza, es quien debe tomar la iniciativa y encabezar la alianza con los sectores medios empobrecidos en la lucha por la caída de Cavallo-De la Rúa. Ya lo dijimos en la crisis de marzo y volvemos a decirlo: es necesario preparar la huelga general para tirar abajo al gobierno, es necesario desarrollar los piquetes como verdaderos organismos de autodefensa obrera y popular que derrote las fuerzas de represión, es necesario poner en pie coordinadoras y un congreso nacional de delegados, basado en la democracia directa de todas las capas explotadas en lucha. Ese fue y sigue siendo el eje alrededor del cual se articula nuestro programa de acción y el llamado al frente único de masas.
Pero entonces, nos preguntaron, durante la crisis de marzo muchos trabajadores: si cae De la Rúa, ¿por quién proponen ustedes reemplazar al gobierno? La clase obrera aún no está en condiciones de sustituirlo por el poder obrero, no se han desarrollado coordinadoras ni se han centralizado nacionalmente en un Congreso de delegados de todo el movimiento obrero, como es nuestra perspectiva. La gran masa de la clase obrera no tiene aún el objetivo de su propio poder independiente, ni siquiera quienes están influenciados por cierta izquierda, como la Corriente Clasista y Combativa20 que grita “argentinazo y abajo De la Rúa” pero se limita a pedir un “gobierno de unidad popular”, es decir con una supuesta burguesía nacional y sectores de los partidos patronales como el PJ. Entonces ¿qué podría sustituir a Cavallo-De la Rúa? El programa de acción revolucionario puede dar una alternativa: Una Asamblea Constituyente puede concentrar el poder legislativo y el ejecutivo, terminando con la actual división burguesa de poderes. Sus miembros serían electos mediante el sufragio universal para los mayores de 16 años, sin distinción de sexo o de nacionalidad. Sus mandatos deberán ser revocables para terminar con los engaños de los falsos “representantes del pueblo” que estafan a sus votantes. Los candidatos a diputados constituyentes podrían, además, ser promovidos desde asambleas locales, cercanas a las necesidades del pueblo y ante su vigilancia. Durante el ejercicio del mandato recibirían un salario igual al de un obrero o un maestro, para terminar con las prebendas de una casta de políticos patronales en un país con 14 millones por debajo del índice de pobreza y para hacer efectiva la idea popular de un gobierno barato. Al derrumbar al gobierno pre-bonapartista de Cavallo-De la Rúa y sustituirlo por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, se podría instaurar una democracia mucho más amplia, en que las masas trabajadoras harían mucho más rápidamente su experiencia, y se prepararían más fácilmente para el poder obrero.
Y ¿quién podría convocar esa Constituyente? No puede haber un tránsito constitucional y pacífico de uno a otro estado de cosas, tal como lo imaginan algunos partidos de la izquierda como el Partido Obrero, que propone “la renuncia de De la Rúa y que asuma el poder la Constituyente”.21 Sólo un gran levantamiento nacional y la huelga general indefinida, sólo la fuerza social que ha demostrado ser en los piquetes y los paros generales la verdadera oposición, pueden ser los parteros de tales cambios, que revolucionarían la vida política, incorporando a ella la participación de las grandes masas. Si cae el actual gobierno, quedará demostrado que los únicos que podrán iniciar ese camino son las organizaciones obreras y populares que se den las masas en el combate contra el gobierno de Cavallo-De la Rúa, las que lo encabecen y tengan la autoridad revolucionaria que les habrá dado ser la vanguardia de la huelga general política que derrumbe a este régimen infame, un gobierno provisional obrero y popular.

 

1 En otro artículo de estas mismas páginas sobre la lucha y organización de las masas en Latinoamérica destacamos elementos de esta emergencia del nuevo movimiento obrero argentino. Así mismo hemos seguido al detalle sus principales gestas, y la evolución en sus métodos de lucha y organización en el periódico de distribución masiva del PTS de Argentina, La Verdad Obrera, al que referimos al lector.
2 Incluso ya en diciembre del 99, a pocos días de asumido el gobierno de De la Rúa-Alvarez, los estatales y docentes de la provincia de Corrientes protagonizaron enfrentamientos con la gendarmería enviada por el recién asumido ministro del interior Storani, con el saldo de dos jóvenes muertos por la represión. Aún siendo derrotados e impuesta una intervención a la provincia, aquella gesta que dio origen a una organización de Autoconvocados, con elementos de democracia directa de delegados y asamblearia, tuvo el mérito de señalar una continuidad con las rebeliones provinciales de la etapa menemista y fue una bisagra con la situación que se abrirá meses después.
3 Joaquín Morales Solá, diario La Nación
4 La Verdad Obrera Nro.75, 30 de noviembre de 2000
5 Eduardo Van der Kooy, diario Clarín
6 Las diferencias con el proceso de lo que es llamado genéricamente” los 70”, son manifiestas. Aquel fue el último gran ensayo revolucionario de la clase obrera argentina, parte del ascenso proletario y popular que recorrió el mundo. Por otra parte, la huelga general y las jornadas de junio y julio del 75 eran la culminación de un proceso que se inició con la semi-insurección en la segunda ciudad más importante del país, el Cordobazo de mayo del 69 que hizo caer a la dictadura de Onganía. A partir de entonces la clase obrera, y en especial el proletariado industrial - que hoy en Argentina está más retrasado en relación a los movimientos de desocupados y los gremios del transporte- desarrolló una rica variedad de formas de lucha: las barricadas en las calles, las tomas de fábricas con rehenes, puso en pie direcciones clasistas en los sindicatos. En la Argentina de hoy estamos al inicio de un proceso que todavía no protagonizó un “Cordobazo”, que de darse abriría una situación directamente revolucionaria.
7 Un análisis comparativo de los procesos latinoamericanos es parte de otro artículo de este número de Estrategia Internacional.
8 “Bonapartismo y Fascismo” en “Alemania, la Revolución y el Fascismo”.
9 Idem.
10 Las medidas más “heterodoxas” que ha anunciado hasta ahora Cavallo han sido la suba de aranceles “extrazona” para bienes de consumo (cuando toda la política imperialista para los países semicoloniales es la “apertura” con liquidación de las barreras arancelarias), los incentivos fiscales para determinadas ramas industriales y el plan de subsidio para 200.000 desocupados jefes y jefas de familia.
11 Mientras dice que no seguirá al pie de la letra las recetas del FMI, con el manotazo recaudador “ortodoxo” que significa el impuesto a las transacciones bancarias en cuentas recauda 15 millones diarios, y una caja de alrededor de 4000 millones anuales (según la mayoría de las estimaciones) para asegurarles a los acreedores externos que no aumentará el déficit fiscal y se les pagarán los intereses de la deuda. Desde esta ubicación reta a los banqueros - en su mayoría extranjeros - amenazando que no pagará las altas tasas de interés que estos le cobran al estado argentino, pero termina pagándolas y los exime del impuesto en las transacciones interbancarias. Busca financiamiento directo de EE.UU., luego viaja a España, principal inversor imperialista de la Unión Europea en Argentina, valiéndose de las contradicciones imperialistas en el continente. Anuncia que de ninguna manera habrá devaluación, pero afirma que tarde o temprano saldrá de la atadura del dólar sobrevaluado “con el que importamos deflación” - baja de precios y salarios- y llama a la “euroización del peso” alentando los depósitos bancarios y las transacciones comerciales en euros. Toma medidas arancelarias que rompen los acuerdos previos con Brasil y los países del Mercosur, lo que no le impide una reivindicación del Mercosur y del ALCA a la vez. Promete a unos y a otros, arbitra por encima de los distintos sectores burgueses e imperialistas - este rol de árbitro es la esencia de un bonapartista -, y entre estos y el movimiento de masas, a quien se dirige prometiendo crecimiento de la economía y trabajo. No es un ministro de economía, es un ilusionista.
12 La misma nota del diario Ambito Financiero del 11/4/01, describe así el negro panorama económico argentino: “Para el partido Boca-River la publicidad televisiva llegó a la mitad de lo calculado. En el propio estadio la recaudación fue $ 80.000 menos de lo esperado. Un banco extranjero tiene sus cifras en rojo. También una conocida universidad privada de Buenos Aires, ha recurrido a los bancos. Lo mismo una no menos conocida constructora de Córdoba. Hasta el monopolio «Clarín» sólo por su actividad en cable adeuda 1.200 millones de dólares. Lo que se estimaba una buena venta en el inicio de abril en autos sólo quedó reducido al repunte particular de una automotriz, no del resto. Pensemos en empresas en convocatoria como Alpargatas, Comercial del Plata, una petrolera DAPSA y muchas más. Dramática es la situación de la mayoría del comercio minorista y se suma la interrupción de la mayoría de las cadenas de pago. Próximo a cumplirse 35 meses continuos e ininterrumpidos de recesión en la Argentina la situación comercial está haciendo insostenible la vida de sus empresas, aun las más sanas”.
13 Esto ya lo planteó el gobierno en sus planes de “reactivación” en las ramas siderometalúrgica, calzado y textil.
14 Al mismo tiempo, en las capas plebeyas del Gran Buenos Aires crece como variante electoral el Polo Social alrededor de la figura del cura Farinello, con apoyo de dirigentes de la CTA como Luis D´Elia, dirigente de los desocupados de La Matanza.
15 El ARI (Argentinos por una República de Iguales) que encabeza Elisa Carrió con los diputados socialistas de Alfredo Bravo, puede tender a un frente con los 11 diputados del Frepaso que rompieron con el bloque de la Alianza, configurando una nueva centroizquierda. Mientras el viejo Frepaso hacía de “la transparencia” y la “ética” el núcleo central de su discurso, esta centroizquierda debe ensayar un perfil más antineoliberal, limitado al capitalismo financiero que denuncian por “mafioso”, y al que oponen un “capitalismo serio” , en el caso de Carrió, o “humanizado” , si los que hablan están ligados al Foro Social Mundial de Porto Alegre.
16 Pasquini Durán, diario Página/12.
17 Algunos de los diputados disidentes con la Alianza están ligados orgánicamente a los sindicatos, como los diputados Macaluze de CTERA o Bordenave de ATE, pertenecientes a la CTA, y otros a la CGT de Moyano, como Alicia Castro del sindicato de Aeronavegantes.
18 Todo desarrollo a la izquierda de la misma puede empujar incluso a que sectores de la burocracia estudiantil, no sólo de los centros de estudiantes hasta ayer opositores, sino del brazo estudiantil de la UCR, la Franja Morada, que se puedan desprender para no perder base social.
19 El PTS, además, intervino activamente en el proceso de surgimiento de nuevas direcciones sindicales, como en el caso del gremio de ceramistas de la combativa provincia de Neuquén. Así mismo apoyó y dio impulso al organismo defensor de los derechos humanos (CeProDH) cuyos abogados jugaron un rol destacado en la defensa ante la justicia burguesa de Raúl Castells, dirigente de un movimiento de jubilados y desocupados. En le movimiento estudiantil universitario y secundario, la juventud del PTS luchó para que sean tomadas en Argentinas las banderas anticapitalistas del movimiento juvenil que se expresó en Seattle o Praga.
20 Corriente sindical del PCR, maoísta, que dirige un fuerte movimiento de desocupados en La Matanza y tiene peso nacional alrededor de la figura de Carlos “Perro” Santillán, dirigente del sindicato de municipales -SEOM- de Jujuy.
21 Columna escrita por Jorge Alltamira, dirigente y legislador por la Capital Federal del Partido Obrero, en el diario Pagina/12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

   
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